…Puedo sentir el hedor débil a descomposición en su aliento, degustar sus resabios en mis labios. Su pelo cubre su cara como revoque al tiempo que mis dedos se cierran duramente. Imagino la suavidad como seda de su cuello en mis manos…
…Puedo ver metal y plástico y cuero y vidrio, todo en un millar de tonos de negro. Me duele todo el cuerpo. y late al ritmo de las vibraciones de una máquina puesta a punto a la perfección...
…Puedo escuchar agua golpeando contra las rocas mientras observo al ave blanca volando en espiral hacia el sol. El agua salpica mi cara como sangre de una arteria, cálida y salada, pero no hago nada para secarla…
…Puedo saborear viejas grageas de gelatina en mi boca, gomosas y llenas de polvo. Quiero escupirlas, sacarlas de mi boca, pero me fuerzo a tragar mientras una perra marrón con una sola oreja se sienta a mi lado, moviendo el rabo, llena de esperanzas…
…Puedo sentir la piedra fría, pringosa y arenosa en un costado de mi cara. Un hacha me abre el cráneo en dos mientras mi garganta se colma de repente, y comienzo a tener arcadas…
Despierto justo a tiempo como para vomitar sobre todo el piso, agregando al charco sobre el que estoy acostado. El vómito salpica el suelo de concreto, y el hedor me infesta las fosas nasales. Mis ojos se llenan de lágrimas y, por un momento, lo único que existe en mi mundo es la peste del vómito, el sonido de mis propias arcadas y la sensación de que alguien intenta partir mi cráneo en dos.
Pasa toda una vida y puedo respirar nuevamente. Comienzo a enjugarme las lágrimas y a quitarme el vómito de encima con la mano, pero incluso el sólo mover mi brazo me trae otro hachazo y una nueva oleada de náuseas. Una pulsera plástica me golpea la mejilla. Cuelga, muy floja de mi muñeca. Tengo que parpadear para enfocar mis ojos y poder leerla. Es una de esas pulseras hospitalarias con un pedacito de papel en ellas, que sirven para organizar de modo ordenado a las víctimas bajo un sistema de magullados, sangrantes y destrozados. Sólo que yo no soy un apellido, nombre e inicial del segundo nombre, no soy un número de habitación ni un número de caso, ni ningún número de ninguna clase. Dos letras en Times New Roman me miran fijamente: VI. Por pura curiosidad, hago girar la pulsera alrededor de mi muñeca, pero lo único otro que tiene es uno de esos precintos de un solo encaje, un solo uso, un blanco anillo farsante junto a un corte nada prolijo en el lugar donde alguien simplemente arrancó el plástico que sobraba.
Me froto la cara con la manga de mi camisa, pero resulta que no tengo manga. O camisa, ya que estoy en eso. Cuando me miro de lleno, veo que tengo puesto uno de esos camisones invertidos que se cierran del lado de tu espalda, pero nunca logran tapártela del todo, por lo cual te sientes como que en todo momento se te van a salir. Por lo menos, encaja con la historia de la pulsera; estoy en algún tipo de hospital.
Las paredes no encajan con esa historia, sin embargo. Están cubiertas con rectángulos gruesos de gomaespuma, cada uno revestido por una tela color marfil y acolchados cosidos a gruesas puntadas grises. Se ve como si alguien hubiera clavado unas cuantas docenas de colchones de hotel a las paredes. Es una lástima que no les sobrara nada para el catre de lona que está en un rincón, al lado del retrete de metal. Noto que mi charco de vómito no está ni cerca del retrete, y me siento vagamente molesto por ello.
Si éste es un hospital, sospecho que no recibe premios por su atención al cliente.
El hacha me da otro golpe, y mi cerebro está a punto de explotar y salírseme por las orejas. Mis ojos se nublan de nuevo al mismo tiempo que me presiono el cráneo con las manos, intentando evitar que se me quiebre en mil pedazos. En algún lugar, a la distancia, puedo escuchar que uno de los colchones se abre, y apenas puedo distinguir a un hombre que ingresa antes de cerrarlo nuevamente. Viste una camisa blanca y pantalones de vestir negros, y me está diciendo algo, pero todo lo que puedo oír son los crujidos que mi cráneo produce por la presión.
Sólo quiero que se termine. Quiero acurrucarme en el suelo y suplicar que el dolor cese. Quiero gritar que haré lo que sea con tal de que se detenga. Quiero salir de una puta vez de esta caja de concreto recubierta de colchones.
Y, repentinamente, sé que este desconocido carcelero con su misterioso balbuceo es lo que me está reteniendo aquí. No sé por qué, pero comprendo que todo lo que hace está diseñado para mantenerme dentro de esta habitación, del mismo modo que comprendo que mi propio vómito aún está goteando de mi cara. Este hombre, esta cosa vestida de sport es lo que me tiene enjaulado.
Cierro mis ojos, y quiero que sufra. Quiero que grite y sangre y se caiga a pedazos para que yo pueda pasar por sobre su cadáver destrozado y recuperar mi vida. Me puedo ver quitándome el hacha de la cabeza, y dándole un hachazo en la garganta; una vez, dos veces, hasta que su cabeza cae hacia atrás como un surtidor de golosinas. En mi mente, siento que mi brazo bombea mientras lo abro a hachazos, su estómago, su pecho, sus flancos. Cada vez que lo corto, más de mi dolor mana fuera de mí, como sangre, y mi mente se aclara un poco más. Cada tajo me hace sentir más humano, más poderoso, más todo.
Escucho que algo se cae al suelo con un ruido sordo, pero húmedo, y me doy cuenta de que no está en mi cabeza.
Abro mis ojos. La sangre rápidamente se esparce por toda la camisa blanca y los pantalones negros del cadáver. Su cuello está casi cortado de lado a lado, y su pecho es una masa informe de carne y tiras de nylon. Miro hacia el piso, observo mis manos, pero no hay hacha alguna por ningún lado, no existe una hoja recubierta de tripas que explique cómo mi captor llegó a estar como está: yaciendo en pedazos sangrientos a mis pies. No hay modo en que yo pueda haber hecho esto, pero sé, estoy seguro de ser el responsable. Él está muerto y yo no, y es algo que yo ocasioné.
Miro a la pared desde donde vino, y estoy furioso. El hijo de puta no pudo ni dejar abierta la puerta o dejarla sin llave antes de morir. Reviso el cuerpo ensangrentado que perteneció a mi captor y consigo pescar de entre los restos una tarjeta plástica fijada a una cadena. Intento ignorar la pringosa calidez que me cubre las manos mientras tiro duramente de la cadena endeble y la rompo. En una mirara rápida hacia la puerta, descubro una discreta ranura y una minúscula luz roja ocultas tras una solapa acolchada. Tengo que desembadurnar la tarjeta de sangre y pasarla una y otra vez hasta que finalmente la luz cambia de roja a verde. El colchón se abre, deja una ranura de menos de dos centímetros.
¿Qué carajo está pasando? ¿Qué clase de persona puede cortar a alguien en pedazos en sus sueños? ¿Cómo es posible que pueda revisar con indiferencia una masa de tripas que solía ser un hombre, y me sienta más irritado por la sangre que tengo en mis manos que por la pérdida de una vida humana?
La pulsera se desliza por mi brazo, y veo las letras VI que me observan a través de una mancha de sangre. Me doy cuenta de que no sé qué clase de persona soy, y no sé por qué hago las cosas que acabo de hacer. Ni siquiera sé qué es lo que esas letras representan.


Muy buena traducción!
ResponderEliminarLo único que le agregaría es el listado de opciones que había, resaltando la opción ganadora del momento.
Lo tomaré en cuenta, y cuando tenga un rato se los agrego. :)
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